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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE

La madre de Kit habría podido ahorrarse la molestia de volver la vista, pues nada era más ajeno a la intención del señor Quilp que andar detrás de ella (y de su hijo) o proseguir la discusión con la que se habían despedido. El enano se encaminó, más bien, hacia su casa silbando de vez en cuando alguna tonadilla con el rostro tranquilo y sereno, deteniéndose mientras avanzaba para imaginar los temores y terrores que se habrían apoderado de la señora Quilp, la cual, al no saber nada de él, se hallaría en un estado de suma confusión y abatimiento, en constante trance de desmayarse.

Esta probabilidad le resultaba tan agradable y exquisitamente divertida al enano que se echó a reír con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas y, al llegar a una calle próxima de su casa, desahogó su contento con un grito tan estridente que aterrorizó a un transeúnte solitario que caminaba delante de él, lo que a su vez aumentó su júbilo y lo hizo más feliz todavía.

Con tan animosa disposición, el señor Quilp alcanzó Tower Hill y, al mirar hacia la ventana de su cuarto de estar, creyó divisar más luz de la que debía haber en una casa que se suponía sumida en la tristeza. Se acercó otro poco y oyó varias voces en animada conversación, entre las que reconoció no sólo las de su mujer y su suegra, sino también las de otros hombres.


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