La tienda de antiguedades

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—¿Eh? —exclamó el enano, bajando los ojos (algo completamente nuevo para él) hacia la pequeña criada.

A lo cual, la niña, intentando repetir lo que ya había dicho con ocasión de su primer encuentro con el señor Swiveller, respondió de nuevo:

—Haga el favor de dejar tarjeta o mensaje.

—Sí, dejaré una nota —resolvió el enano, entrando en el bufete delante de ella—, y procura que tu amo la lea en cuanto llegue a casa —dicho lo cual, el señor Quilp subió a un taburete alto para escribir la nota mientras la pequeña criada, debidamente instruida para tales emergencias, lo observaba con los ojos bien abiertos, lista para salir a la calle y dar la alarma a la policía si al visitante se le ocurría sustraer una sola galleta.

Mientras el señor Quilp plegaba la nota (rápidamente escrita, pues era muy breve), sus ojos se cruzaron con los de la pequeña criada, y se quedó mirándola un buen rato.

—¿Cómo estás? —le preguntó el enano, masticando una galleta con unas horribles muecas.

La pequeña criada, sin duda asustada, por su mirada, no dio ninguna respuesta audible; pero por el movimiento de sus labios parecía seguir repitiendo lo de «dejar tarjeta o mensaje».


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