La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Aquellas respuestas tan raras podrían naturalmente haber desencadenado otras cuantas preguntas. Pero Quilp no volvió a abrir la boca; apartó los ojos de la pequeña criada, se acarició pensativamente la barbilla y, doblando la nota como para escribir la dirección con la más escrupulosa exactitud, la miró, de manera tal vez algo encubierta pero persistente, por debajo de sus pobladas cejas. El resultado de aquel examen secreto fue el siguiente: se tapó la cara con las manos y esbozó una risita pícara y silenciosa, lo que hizo que una vena se le hinchara hasta el punto de que casi parecía que fuese a estallar; y, calándose el sombrero hasta las cejas para ocultar su alegría, y los efectos de esta, lanzó la carta sobre la mesa y se marchó.
Una vez en la calle, movido por cierto resorte secreto, empezó a reír como un loco mientras trataba de mirar a través de la sucia verja de hierro el interior del bufete para ver si la niña seguía allí…, hasta que al final se cansó. Rumbo al páramo, que estaba a un tiro de rifle de su refugio solteril, pidió té para tres personas para tomarlo aquella tarde en la caseta de verano, pues el objeto tanto de su viaje como de su nota había sido invitar a la señorita Brass y a su hermano a compartir con él la merienda en dicho lugar.