La tienda de antiguedades

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No era precisamente la estación del año más propicia para tomar té en una caseta de verano, y menos en aquella, que se hallaba en un avanzado estado de ruina, junto a la cenagosa orilla de un gran río con marea baja. Sin embargo, fue en aquel elegante lugar donde el señor Quilp pidió que prepararan una colación fría, y fue debajo de su tejado carcomido y cuarteado donde, unas horas después, recibió al señor Sampson y a su hermana Sally.

—Ustedes son aficionados a las bellezas de la naturaleza —declaró Quilp con una sonrisita—. Es un lugar encantador, ¿verdad, Brass? Un lugar inhabitual, sin artificios, primitivo, ¿verdad?

—Es delicioso, de veras, caballero —contestó el abogado.

—¿Un poquito frío? —preguntó Quilp.

—No particularmente, diría yo —respondió Brass, tiritando de frío.

—Tal vez un poco húmedo, palúdico incluso…

—Sólo lo suficientemente húmedo para que resulte alegre, señor Quilp —respondió Brass—. Ni más ni menos, señor Quilp.

—¿Y a Sally? —preguntó el enano con una expresión de delicia—. ¿Le gusta a ella?

—A ella le gustará más —respondió la dama de ideas firmes— cuando empiece a tomar el té; así que vamos a tomarlo ya, y deje de incordiar.


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