La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ah, la dulce Sally! —exclamó Quilp, alargando los brazos como para abrazarla—. ¡La gentil, encantadora y arrolladora Sally!
—Qué hombre tan notable… —mascullaba el señor Brass a manera de soliloquio—. Un auténtico troubadour, eso es, un auténtico troubadour.
Aquellos cumplidos fueron proferidos en un tono un tanto ausente y distraÃdo, pues el desafortunado abogado, además de tener un fuerte resfriado, se habÃa empapado de agua en el camino, y habrÃa aceptado algún sacrificio pecuniario de haber podido desplazar aquel destemplado aposento a una habitación caldeada y ponerse delante de un fuego. Sin embargo, Quilp, quien, más allá de la gratificación de sus antojos demonÃacos, debÃa a Sampson cierto premio por el papel que habÃa desempeñado en la famosa escena fúnebre, de la que él habÃa sido testigo oculto, observaba estos sÃntomas de incomodidad con una dicha indescriptible, extrayendo de ellos una alegrÃa secreta que ni el más suntuoso banquete podrÃa haberle proporcionado.
