La tienda de antiguedades

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—Entonces, ¡muy bien! —exclamó Quilp. La mitad de nuestro trabajo ya está hecha. Este Kit es uno de esos tipos honrados o buenas personas; un perro fisgón, un hipócrita, un espía con doble cara, un cobarde, un chucho que lame a quienes lo alimentan y halagan, pero ladra a todos los demás.

—Terriblemente elocuente —exclamó Brass con un estornudo—. Completamente asombroso.

—Vamos al grano —exigió la señorita Sally—, y menos retórica.

—¡Hela otra vez! —exclamó Quilp con otra mirada despectiva a Sampson—. ¡Ella siempre destacando! Digo, Sally, que es un perro insolente con todo el mundo, y sobre todo, conmigo. En una palabra, que no lo trago.

—Eso es suficiente, señor Quilp —zanjó Sampson.

—No, eso no basta, señor Brass —contradijo Quilp, mirándolo desdeñosamente—. Haga el favor de dejarme hablar. Además de que no lo trago por ese concepto, me está amargando la vida, se está interponiendo en un objetivo que podría resultar sumamente jugoso para nosotros tres. Aparte de eso, repito que no lo trago, lo odio. Como ya conocen al chico, pueden adivinar el resto. Piensen en la mejor manera de quitármelo de en medio, y ejecútenla. ¿Puedo contar…?

—Puede contar, señor Quilp —convino Sampson.


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