La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Entonces, deme la mano —repuso Quilp—. Y usted, señorita Sally, también la suya. Señorita, cuento tanto, o más, con usted que con él. Tom Scott ya vuelve. ¡Eh, trae una lámpara, unas pipas, más grog… y bebamos en tan alegre velada!
No se dijo ni una palabra más ni se intercambió una mirada más que hicieran la menor referencia al asunto, al verdadero motivo de la reunión. Como los tres estaban acostumbrados a actuar juntos, unidos por lazos de interés y beneficios mutuos, no se necesitó nada más. Quilp volvió a ser con gran facilidad el bullicioso salvaje que habÃa sido unos segundos antes. Eran las diez de la noche cuando la excelente Sally tuvo que ayudar a salir del páramo a su dilecto hermano, quien necesitó el máximo apoyo que la delicada constitución de la hermana podÃa prestarle, pues, por alguna razón, sus pasos eran indecisos y sus piernas se doblaban constantemente.
Vencido, a pesar de los varios sueñecitos que habÃa echado, por las fatigas de los últimos dÃas, el enano se dirigió rápidamente a su primorosa mansión, y pronto empezó a soñar en su coy. Nosotros lo abandonaremos ahora en medio de sus sueños, en los que tal vez harán su aparición las silenciosas figuras que dejamos unos capÃtulos atrás en el viejo pórtico de la iglesia, para unirnos a ellas mientras están sentadas contemplando el apacible lugar.