La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No era eso —se explicó Nell, mirando a su alrededor con un ligero escalofrÃo—. La verdad es que no puedo decirle qué ha sido, pero cuando vi la casa por fuera, desde el pórtico de la iglesia, me embargó el mismo sentimiento. Debe de ser por tratarse de un lugar tan antiguo y tan gris.
—Un lugar tranquilo para vivir, ¿no te parece? —preguntó su amigo.
—Ah, sà —respondió la niña juntando las manos con seriedad—. Un lugar tranquilo y feliz, un lugar para vivir y para aprender a morir —habrÃa dicho más cosas, pero la energÃa de sus pensamientos hizo que su voz se quebrara y deviniera en un trémulo e inaudible susurro.
—Un lugar para vivir, para aprender a vivir y donde recoger nuestro espÃritu y nuestro cuerpo —prosiguió el maestro—, pues esta vieja casa es… vuestra.
—¡Nuestra! —exclamó la niña.
—Sà —corroboró el maestro con alegrÃa—, y por muchos y felices años, espero. Yo seré vuestro vecino, en la puerta de al lado. Pero esta casa es vuestra.