La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Tranquilizado ya del ataque de sorpresa, el maestro se sentó y, llevando a Nell a su lado, le contó que aquella antigua mansión habÃa estado ocupada durante mucho tiempo por una mujer de casi cien años de edad, que se encargaba de abrir y cerrar la iglesia para los servicios religiosos y de enseñarla a los forasteros; que esta habÃa muerto hacÃa unas pocas semanas; que no habÃan encontrado aún a nadie para sustituirla; que él se habÃa enterado de todo aquello en el transcurso de una conversación con el sepulturero, que se hallaba en la cama con reuma, al cual él se habÃa animado a mencionarle a su compañera de viaje —a Nell—, mención que habÃa sido tan favorablemente recibida por tan alta autoridad que también se habÃa atrevido, por consejo de este, a proponer el asunto al pastor. En resumidas cuentas, que Nell y su abuelo iban a ser presentados al susodicho pastor al dÃa siguiente, si bien, siendo su aprobación una cuestión de pura formalidad, ya podÃan considerarse nombrados para el puesto vacante.
—Existe una pequeña asignación de dinero —agregó el maestro—. No es mucho, pero sà suficiente para vivir en este lugar retirado. Juntándolo todo, podremos salir adelante con desahogo, descuida.
—¡Que el cielo lo bendiga y lo haga prosperar! —manifestó la niña con un sollozo.