La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Los recibió con suma amabilidad, mostrando enseguida gran interés por Nell, a la que preguntó cómo se llamaba, cuántos años tenÃa y dónde habÃa nacido, asà como las circunstancias que la habÃan llevado hasta allà y otros particulares. El maestro de escuela ya le habÃa contado la historia de la niña: que no tenÃan amigos ni hogar, que compartÃan sus fortunas y que él querÃa a la niña como si fuera su propia hija.
—Bien, bien —asintió el pastor—. Sea como desee. Pero ella es muy joven.
—Curtida en la adversidad y en todo tipo de pruebas, señor —repuso el maestro.
—Que Dios la proteja. Procuremos que descanse aquà y se olvide de sus tribulaciones —expresó el anciano pastor—. Pero una iglesia vieja es un lugar aburrido y tristón para una persona tan joven como tú, mi niña.
—¡Oh, no, señor! —replicó Nell—. Yo no tengo tales pensamientos, de veras.
—Yo preferirÃa verla bailando en el prado al anochecer —insistió el anciano pastor, posando la mano en la cabeza de la niña y sonriendo melancólicamente— en vez de verla sentada a la sombra de nuestros arcos en ruina. Mi buen amigo, usted debe procurar que su corazón no se apesadumbre entre estas ruinas solemnes. Su solicitud está concedida.