La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Fue mucho antes de que la niña cerrara la ventana y se acercara a su cama; de nuevo, una sensación parecida, un estremecimiento involuntario, un momentáneo sentimiento afín al miedo, pero que se desvaneció inmediatamente y no dejó alarma alguna a su paso. Después, soñó otra vez con el pequeño alumno; el techo se abría y una columna de rostros radiantes que se elevaban hasta el cielo, como había visto alguna vez en un viejo cuadro de motivo bíblico, la miraba fijamente mientras dormía. Fue un sueño dulce, feliz. Fuera, el lugar seguía igual de silencioso, salvo que había una música en el aire y un sonido de alas de ángeles. Pasado cierto tiempo, llegaron las hermanas, cogidas de la mano, y estuvieron paseando un rato entre las tumbas. Después, el sueño se volvió impreciso, difuminado.
Con la luz y la alegría de la mañana llegó también la reanudación de las faenas del día anterior, el revivir de sus pensamientos agradables y la restauración de sus energías, alegrías y esperanzas. Trabajaron con buen ánimo, ordenando y arreglando sus casas hasta el mediodía, y después fueron a visitar al pastor.
Era un anciano de corazón sencillo y espíritu humilde, modesto, acostumbrado a la vida retirada y poco familiarizado con el mundanal ruido, que había abandonado muchos años atrás al instalarse en aquel lugar. Su mujer había muerto en la casa en la que él residía ahora.