La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades De los que dormían sin sueños, unos yacían a la sombra de la iglesia, como buscando en sus muros consuelo y protección; otros habían preferido la sombra cambiante de los árboles; otros, junto al camino, buscaban la compañía de los peregrinos; otros, junto a las tumbas de los niños pequeños; otros, bajo el terreno que habían pisado en sus paseos cotidianos; otros, donde el sol los iluminara con sus últimos rayos al ponerse; y otros, en fin, donde esos mismos rayos los saludaran al amanecer. Tal vez ni una sola alma, prisionera ahora en la tumba, había pensado en vida separarse del todo de su vieja compañera. Y, si alguna lo hubiera pensado, habría sentido ese amor que sienten los cautivos por la celda en que han estado encerrados tanto tiempo y a la que miran con afectuosa nostalgia en el momento de dejarla.