La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En aquella hora silenciosa, en que su abuelo ya dormía pacíficamente en su cama y toda actividad estaba paralizada, la niña se entretuvo delante de las últimas brasas pensando en sus pasadas vicisitudes como si estas hubieran sido un mal sueño del que acabará de despertar. El resplandor de las brasas en los paneles de roble, cuyos resaltes grabados se reflejaban débilmente en el techo oscuro; las antañonas paredes, donde extrañas sombras iban y venían con cada culebreo del fuego; dentro, la presencia solemne del paso del tiempo que deteriora los objetos más inanimados y, fuera, la presencia solemne de la propia muerte la llenaron de sentimientos profundos y graves, pero sin producirle terror ni alarma. Tras tantos días de soledad y tristeza, se había producido paulatinamente una metamorfosis en su espíritu. Con las fuerzas decaídas, pero con la resolución reforzada, había surgido dentro de ella una mente purificada y nueva; se habían abierto paso en su pecho esos pensamientos y esperanzas que sólo pertenecen a los débiles y menesterosos. No había nadie allí para ver cómo su figura frágil, delicada, se apartaba del fuego para ir a apoyarse pensativamente en el alféizar de la ventana abierta; nadie más que las estrellas contemplaban su cara vuelta hacia arriba y leían su historia. El reloj de la vieja iglesia dio la hora con un sonido lúgubre por tanta proximidad con los muertos y tanto avisar a los vivos sin ser oído. Las hojas caídas susurraban mientras la hierba se estremecía entre las tumbas. Todo lo demás estaba en silencio, dormido.