La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Era un vejete que vivÃa en la casa parroquial (como supieron poco después) desde la muerte de la esposa del pastor, ocurrida quince años atrás. Los dos habÃan sido compañeros en la universidad y desde entonces nunca se habÃan separado; desde el primer momento de su aflicción, aquel habÃa acudido a consolar y reconfortar a este, lo que estrechó más aún sus lazos de amistad. El vejete era el espÃritu activo del lugar, el conciliador de todas las diferencias, el promotor de todas las festividades, el dispensador de la munificencia de su amigo y de no pocas obras de caridad propias; en una palabra, el mediador, consolador y amigo universal. Ninguno de entre los sencillos lugareños se habÃa molestado en preguntarle su nombre ni, de haberlo oÃdo pronunciar, de almacenarlo en el recuerdo. Tal vez por algún vago rumor acerca de sus tÃtulos académicos difundido en la época de su llegada, unido tal vez al hecho de que no estaba casado y, por consiguiente, no tenÃa familia de la que ocuparse, lo apodaron «el viejo bachiller». Este nombre le agradaba o, al menos, le convenÃa tanto como cualquier otro, y con «el viejo bachiller» se quedó desde entonces. Por cierto, habÃa sido el viejo bachiller, conviene decirlo, quien, con sus propias manos, habÃa colocado la provisión de combustible que los viajeros encontraron al llegar en sus respectivas chimeneas.