La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El viejo bachiller, pues —por llamarlo como todo el mundo lo llamaba— levantó el pestillo, exhibió unos momentos en la puerta su pequeña cara redonda y bondadosa y entró en la habitación como si estuviera acostumbrado a ello.
—Usted es el señor Marton, el nuevo maestro de escuela, ¿no es cierto? —preguntó, dirigiéndose al amable amigo de Nell.
—SÃ, soy yo, en efecto.
—Trae usted buenas referencias; me alegra conocerlo. Yo deberÃa haber estado esperándolo ayer, pero tuve que llevar el mensaje de una madre enferma a su hija, que trabaja a bastantes kilómetros de aquÃ, y prácticamente acabo de regresar. Esta es la joven guardesa de la iglesia, ¿verdad? Pues sea usted más bienvenido todavÃa, amigo mÃo, por haberla traÃdo aquÃ, asà como a este anciano; se es tanto mejor maestro cuanto más se aprende a practicar la humanidad.
—La niña lo ha pasado muy mal, caballero, no hace mucho —informó el maestro de escuela a su visitante después de que este diera un beso a Nell y se lo quedara mirando.
—SÃ, sÃ. Ya sé que lo ha pasado muy mal —repuso—. Demasiado sufrimiento y demasiadas penalidades…
—Asà es, caballero.