La tienda de antiguedades

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Tras dar cuenta de aquel culpable, el viejo bachiller pasó revista a otro y después a otro, y así sucesivamente hasta acabar con toda la joven tropa, insistiendo, para no salirse de los límites de la disciplina, en las cualidades que le eran más queridas y que incuestionablemente se referían más a sus propios preceptos y a su propio ejemplo. Completamente persuadido, al final, de haberles infundido un sano arrepentimiento con tales muestras de severidad, los despidió con un pequeño presente y la orden de que volvieran a casa sin armar jaleo, saltar, pelearse o desviarse de su camino, orden que, informó al maestro en el mismo tono confidencial, no creía que él hubiera obedecido cuando era pequeño, ni aun estando su vida en peligro.

Interpretando aquellas pequeñas referencias al carácter del viejo bachiller como tantas otras muestras de buen augurio para el futuro, el maestro se despidió de él con el corazón más ligero y alegre, considerándose uno de los hombres más felices de la tierra. Las ventanas de las dos viejas casas volvieron a enrojecerse aquella noche con el resplandor de los alegres fuegos que ardían en el interior. El viejo bachiller y su amigo, de vuelta de su paseo vespertino, hicieron una pausa ante las dos casas para hablar en voz baja de la bella niña mientras miraban al camposanto y exhalaban algún que otro suspiro.


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