La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nell se les acercó y les preguntó de quién era la tumba. El niño contestó que no era una tumba, que era un jardÃn, el de su hermano. Era más verde, precisó, que todos los demás jardines, y los pájaros le tenÃan más cariño porque su hermano les echaba siempre de comer. Cuando terminó de hablar, la miró con una sonrisa y, tras arrodillarse unos instantes con la cara tocando la hierba, salió corriendo alegremente.
Nell pasó por delante de la iglesia, se detuvo a contemplar la vieja torre, atravesó el portillo y entró en la aldea. El viejo sepulturero, que, apoyado en una muleta, habÃa salido tomar el aire a la puerta de su casa, le dio los buenos dÃas.
—¿Se encuentra mejor? —preguntó la niña, deteniéndose al verlo.
—Ah, sÃ, gracias —contestó el anciano—. Puedo decir que estoy mejor.
—Estará del todo bien muy pronto.
—Si el cielo lo quiere, y con un poco de paciencia. Pero ¡entra, entra! —el anciano se le adelantó y, avisándola de un escalón, que bajó con cierta dificultad, la hizo entrar en su pequeña casa—. Como ves, sólo tiene una habitación. Hay otra arriba, pero las escaleras se me resisten y estos últimos años ya no las subo nunca. Aunque estoy pensando en subirlas otra vez el verano que viene.