La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No, al menos según mi creencia y mi recuerdo —respondió el anciano—. A veces ayudan a mi memoria, pues me recuerdan cuando planté tal árbol para tal persona. Ahà está para recordarme que murió. Cuando miro su extensa sombra, y recuerdo cómo era cuando la persona vivÃa, me ayuda a recordar la época de mi otro trabajo, y puedo decir con bastante precisión cuándo cavé la tumba.
—Pero puede recordarle también a alguien que está todavÃa vivo, ¿no? —repuso la niña.
—Veinte muertos por un vivo; esa es la proporción —replicó el anciano—. Esposas, maridos, padres, hermanos, hermanas, hijos, amigos… SÃ, veinte por lo menos. Por eso la pala de sepulturero se desgasta y se abolla tanto. Voy a necesitar otra el verano que viene.
La niña lo miró fijamente: aquel anciano debÃa de estar bromeando, habida cuenta de su edad y sus achaques; pero el inconsciente sepulturero hablaba completamente en serio.
—¡Ah! —expresó tras un breve silencio—. La gente no aprende nunca. Nunca aprende. Sólo nosotros, los que removemos la tierra donde nada crece y todo muere, pensamos en tales cosas, pensamos en ellas como se debe pensar, me parece a mÃ. ¿Ya has estado en la iglesia?
—Voy ahora mismo —respondió la niña.