La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Cumpliré setenta y nueve… el verano que viene.
—¿TodavÃa trabaja cuando está sano?
—¿Trabajar? Por supuesto. Puedes ver todos mis jardines. Mira por la ventana: yo he trabajado ese trozo de terreno con mis propias manos. Para el próximo año, apenas se verá el cielo de lo altas que estarán las ramas. Además, en invierno trabajo también por la noche.
Mientras decÃa aquello, abrió un armario y sacó unas cajitas de madera vieja rústicamente talladas.
—A algunas personas de buena familia, aficionadas a las antigüedades —explicó—, les gusta comprar estos recuerdos de nuestra iglesia y de nuestras ruinas. Unas veces, las hago con trozos de roble que encuentro aquà o allá; otras, con trozos de ataúdes conservados en las criptas. Mira esto: es un cofrecito guarnecido en los bordes con fragmentos de chapa de bronce; tenÃa inscripciones que ahora resultan difÃciles de leer. Ya me quedan pocos ejemplares, pero estos estantes estarán llenos… el verano que viene.