La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña se sentó entre las rÃgidas figuras esculpidas sobre las tumbas de aquel lugar antiguo, silencioso, las cuales, en su fantasÃa, lo volvÃan más silencioso: mirando alrededor con un sentimiento de reverencia atemperado por una sosegada dicha, sintió que en aquel momento era feliz y que ya podÃa descansar. Retiró una Biblia de un estante y leyó un pasaje. La colocó de nuevo en su sitio y pensó en los dÃas de verano y en la alegre primavera que llegarÃa unos meses más tarde, en los rayos de sol que caerÃan sesgados sobre las formas dormidas, en las hojas que se agitarÃan en la ventana y proyectarÃan sombras luminosas sobre el pavimento, en los cantos de las aves y en la floración del jardÃn, en el aire dulce que se introducirÃa y moverÃa suavemente los vetustos estandartes que pendÃan en lo alto. ¡Qué más daba si el lugar evocaba pensamientos sobre la muerte! Muriera quien muriera, siempre serÃa el mismo. Aquellas visiones y aquellos sonidos conservarÃan siempre el mismo encanto. No le resultarÃa doloroso dormirse entre ellos.
Salió de la capilla despacio, volviéndose a menudo para mirarla de nuevo; llegó a una puerta baja, que debÃa de comunicar con la torre, la abrió y subió la escalera de caracol en medio de la oscuridad, salvo cuando miraba a los peldaños de abajo, a las estrechas troneras o, más arriba, a las polvorientas campanas. Finalmente, llegó a lo más alto de la torre.