La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Oh! ¡Que gloriosa explosión de luz, qué frescura! Los campos y los bosques que se extendÃan hasta confundirse con el cielo azul, el ganado que pastaba en los prados, el humo que ascendÃa sobre los árboles y parecÃa salir de la tierra verde, los niños que seguÃan brincando justo debajo, todo tan bello y tan feliz… Era como pasar de la muerte a la vida, como estar cerca del cielo.
Cuando emergió en el pórtico y cerró la puerta, los niños ya se habÃan ido. Al pasar por delante de la escuela, oyó un animado murmullo de voces. Su amigo habÃa empezado su tarea aquel mismo dÃa. Después, el ruido se hizo cada vez mayor; se volvió a mirar y vio a los niños salir en tropel y dispersarse entre alegres gritos y saltos. «Me gusta asà —pensó la niña—. Me alegra que pasen por delante de la iglesia». Y se detuvo para imaginar cómo sonarÃa dentro el ruido, con qué delicia percutirÃa el eco al oÃdo.
Por segunda vez aquel dÃa, sÃ, por segunda vez, volvió a la vieja capilla, leyó en el mismo asiento otro pasaje del mismo libro sagrado y se dejó llevar por la misma clase de pensamientos sosegados. Ni siquiera con la llegada del crepúsculo, cuando la sombra de la noche volvió el lugar más solemne todavÃa, se movió la niña, como si hubiera echado raÃces allÃ; no sentÃa miedo alguno ni pensaba en alejarse.