La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades A veces —al cabo de varias semanas—, la niña, agotada aunque sin haber realizado ningún trabajo duro, pasaba la velada sentada en un sillón junto al fuego. En tales ocasiones, el maestro le llevaba libros, que leÃa en voz alta; y raras eran las veces que el viejo bachiller no acudÃa también a la casa para participar en las lecturas. El anciano escuchaba en silencio sin enterarse bien del relato, pues tenÃa los ojos puestos en la niña, y si ella sonreÃa o se alegraba con lo relatado, él decÃa que era un libro muy bueno. Cuando, en el transcurso de tales veladas, el viejo bachiller contaba algún cuento que le gustaba mucho a ella (casi todos le gustaban), el anciano se esforzaba por almacenarlo en su mente, y más de una vez, cuando el viejo bachiller se despedÃa para marcharse, él lo seguÃa y le pedÃa humildemente que le repitiera algún pasaje para contárselo luego a la niña y ganarse asà una sonrisa suya.