La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero, afortunadamente, tales ocasiones eran raras, pues a la niña le encantaba el aire libre y pasear por su solemne jardín. También venían forasteros a visitar la iglesia, los cuales hablaban de la niña a sus conocidos, que acudían a su vez. Ello explica que incluso en aquella estación del año hubiera visitantes casi a diario. El anciano los seguía a poca distancia escuchando la voz que tanto amaba, y cuando se iban, y se despedían de Nell, se mezclaba con ellos para enterarse de lo que decían o, con el mismo fin, se apostaba en la puerta, con su cabeza gris descubierta, para verlos pasar.
Todos alababan a la niña (su fina percepción y su belleza), y él se sentía orgulloso. Pero ¿qué era eso que tan a menudo comentaban también, y que a él le oprimía el corazón y le hacía sollozar y llorar en algún rincón oscuro? ¡Ay! Incluso los forasteros indiferentes, los que no tenían ninguna relación con ella, excepto el interés del momento, los que se iban y a la semana siguiente se olvidaban de que semejante joven vivía, incluso ellos veían eso, incluso ellos sentían lástima de Nell, incluso ellos saludaban al anciano compasivamente y susurraban algo al pasar.