La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades También los del pueblo, donde no había nadie que no sintiera cariño por la pobre Nell, también ellos tenían el mismo sentimiento: una gran ternura, una gran compasión que aumentaba con el paso de los días. Los niños de la escuela, alegres y despreocupados, también le profesaban un gran afecto. El más revoltoso se lamentaba si no la veía en su lugar habitual cuando acudía a la escuela y entonces se desviaba para preguntar en la reja misma de la ventana. Si estaba sentada en la iglesia, la miraban tímidamente a través la puerta abierta; pero no le hablaban a no ser que ella se levantara y se acercara a hablar con ellos. Veían en ella algo que la situaba por encima de los demás.
Cuando llegaba el domingo, la iglesia se llenaba de gente pobre, pues el castillo en el que había residido la antigua familia noble se hallaba en ruinas, y sólo había gente humilde a once kilómetros a la redonda. En la iglesia, como en otras partes, toda la gente se interesaba por Nell; se congregaba a su alrededor en el pórtico antes y después del servicio. Los niños se arracimaban a sus faldas, y los ancianos y las ancianas interrumpían sus charlas para tributarle un saludo efusivo. Nadie, joven o viejo, pasaba por delante de ella sin dirigirle una palabra amable. Muchos de los que vivían a cinco o seis kilómetros de allí le llevaban pequeños regalos; y los más humildes y los más rústicos se contentaban con desearle sus mejores augurios.