La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nell sentÃa una predilección especial por los pequeños que habÃa visto jugando el primer dÃa en el camposanto. Uno de ellos, el que le habÃa hablado de su hermano, era su amigo favorito; a menudo este se sentaba a su lado en la iglesia o subÃa con ella hasta lo alto de la torre. Le encantaba poder ayudarla o imaginar que la ayudaba. No tardaron en hacerse inseparables.
Ocurrió un dÃa que, mientras ella se hallaba leyendo en el viejo camposanto, este niño llegó corriendo con los ojos inundados de lágrimas y, tras apartarla un poco para mirarla mejor, le echó los brazos apasionadamente alrededor del cuello.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nell con un tono que pretendÃa ser tranquilizador—. ¿Ha ocurrido algo?
—¡Ella todavÃa no lo es! —gritó el niño abrazándola con más fuerza aún—. No, no. TodavÃa no.
Nell lo miró perpleja; apartándole el pelo de la cara, lo besó y le preguntó qué querÃa decir.
—¡Querida Nell, tú no debes serlo! —gritó el niño—. No podemos verlos. Nunca vienen a jugar ni a hablar con nosotros. Por favor, tú sigue como hasta ahora. Asà estás mejor.
—No te entiendo —insistió la niña—. Dime qué quieres decir.