La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Es que por ahà dicen —respondió el niño, mirándola a la cara— que serás un ángel antes de que los pájaros canten otra vez. Pero tú no lo serás, ¿verdad? No nos dejes, Nell, aunque el cielo sea tan brillante. ¡No nos dejes!
La niña inclinó la cabeza y escondió la cara entre las manos.
—¡Ah, qué bien! ¡No quiero ni pensarlo! —profirió exultante el niño en medio de un mar de lágrimas—. No te irás. Sabes lo tristes que nos dejarÃas. Querida Nell, dime que te quedarás con nosotros. Oh, por favor, dime que te quedarás —la criatura cruzó las manos y se arrodilló ante ella—. MÃrame, Nell —pidió—, y dime que te quedarás, y asà sabré que están equivocados y no lloraré más. Dime que sÃ, Nell.
Nell seguÃa con la cabeza gacha y la cara escondida entre las manos, completamente en silencio, a excepción de algunos sollozos.
—Pasado un poco de tiempo —prosiguió el niño, tratando de cogerle una mano—, a los santos ángeles no les importará que no estés con ellos, sino aquÃ, con nosotros. Willy se fue con ellos, pero, si hubiera sabido que yo lo iba a echar tanto de menos por la noche, nunca me habrÃa dejado solo, estoy seguro.
La niña no podÃa contestar. Sollozaba con más fuerza, como si el corazón le fuera a estallar.