La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Para qué ibas a irte, querida Nell? Sé que no serÃas feliz cuando nos vieras llorando por haberte perdido. Dicen que Willy está ahora en el cielo, y que allà siempre es verano; pero yo estoy seguro de que a él le da pena cuando me acerco a su cama del jardÃn y no puede volverse para besarme. Pero, si te vas, Nell —prosiguió el niño, acariciándola y apretando su cara contra la de ella—, quiérele mucho por mÃ. Dile cuánto lo quiero aún y cuánto te quise a ti; y cuando yo piense en que los dos estáis juntos y sois felices, trataré de resignarme y de no causarte pena portándome mal. ¡De veras que no lo haré!
La niña dejó que le cogiera las manos y se las echara alrededor del cuello. Después de un silencio entre lágrimas, lo miró con una sonrisa y le prometió, con voz suave y sosegada, que se quedarÃa y serÃa su amiga, mientras el cielo se lo permitiera. Él aplaudió de alegrÃa y le dio las gracias repetidas veces. Ella le pidió que no le contara a nadie lo que habÃan hablado, y él se lo prometió con la mayor seriedad.