La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Y no se lo contó a nadie, que la niña supiera. A partir de entonces, se convirtió en su silencioso compañero en sus paseos y meditaciones, y nunca más volvió a referirse al tema que le había producido tanta pena, aunque él no sabía por qué. No obstante, aún persistía en él un poco de desconfianza, pues venía a menudo, incluso por la noche, y con voz tímida le preguntaba si se encontraba bien, y cuando ella le decía que sí, y le pedía que entrara, él se acomodaba en un taburete a sus pies y se quedaba allí hasta que venían a buscarlo y se lo llevaban a casa. Y por la mañana volvía a la casa para preguntarle de nuevo si se encontraba bien; y ya fuera mañana, tarde o noche, y adonde quiera que ella fuese, él dejaba a sus compañeros de juego para hacerle compañía.
—Te has echado un buen amiguito —le dijo el viejo sepulturero una vez—. Cuando su hermano mayor murió (bueno, «mayor» parece una palabra extraña, pues sólo tenía siete años), le partió el corazón.
La niña recordó lo que le había dicho el maestro de escuela y sintió que sus palabras se aplicaban también a aquel niño.
—Parece muy sosegado —prosiguió—, aunque a veces también se le ve animado. Apuesto a que él y tú os habéis acercado al pozo viejo a poner el oído.