La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS

Un día o dos después de que Quilp invitara al té en el páramo, el señor Swiveller se dirigió al bufete de Sampson Brass a su hora acostumbrada. Al ver que estaba solo en aquel templo de probidad, colocó su sombrero sobre la mesa y, tras sacar del bolsillo un paquetito con cinta de crespón negro, la colocó alrededor del sombrero y la prendió con alfileres. Una vez colocado este apéndice ornamental, supervisó su obra con suma complacencia y se caló el sombrero, más ladeado que de costumbre para resaltar el efecto fúnebre. Plenamente satisfecho de la componenda, se metió las manos en los bolsillos y se puso a pasear por el despacho con pasos medidos.

«Siempre ha sido igual en mi vida —se dijo el señor Swiveller—, siempre. Desde mi más tierna infancia, siempre he visto frustradas mis más queridas esperanzas, nunca he amado árbol o flor que no se marchitara rápidamente, nunca he criado a una gacela que, tras llegar a conocerme y amarme, y haberme alegrado con sus tiernos ojos negros, no acabara casándose con algún jardinero».

Abrumado por tales pensamientos, el señor Swiveller se detuvo junto al sillón del cliente y se aposentó en él.


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