La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ahora, señora Quilp —articuló—, me apetece fumar, y probablemente pase fumando toda la noche. Pero quédate sentada donde estás, por favor, por si te necesito.
Su mujer no dio otra respuesta que la esperada («sÃ, Quilp»), y el pequeño señor de la Creación fumó su primer puro y preparó su primer grog. El sol se puso y las estrellas salieron; la Torre perdió su color para teñirse primero de gris y luego de negro, y la estancia quedó completamente a oscuras, excepto la punta incandescente del puro. Pero el señor Quilp siguió fumando y bebiendo en la misma postura, mirando indolentemente por la ventana con la misma sonrisa perruna, salvo cuando la señora Quilp hacÃa algún movimiento involuntario producto de la inquietud o del cansancio. Y entonces esta sonrisa se metamorfoseaba en una mueca de delicia.
