La tienda de antiguedades

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—Sí, Quilp —hipnotizada por su mirada, permaneció un rato mirándolo tímidamente mientras él le regalaba una sucesión de horribles muecas, como nadie más que él mismo, a no ser en una pesadilla, tenía el poder de esbozar. Mientras duró la representación, que fue una de las más largas, él mantuvo un silencio absoluto, salvo cuando, dando un salto inesperado, hizo que su mujer se echara hacia atrás con un grito irreprimible. Entonces él se rió entre dientes.

—Señora Quilp —expresó al fin.

—Sí, Quilp —respondió ella mansamente.

En vez de proseguir con el tema que tenía en mente, Quilp se levantó, cruzó los brazos de nuevo y la miró más severamente que antes.

—Señora Quilp.

—Sí, Quilp.

—Si vuelves a prestar oídos a esas brujas, te morderé.

Con esta lacónica amenaza, que aderezó con un gruñido que no dejó lugar a dudas de que hablaba completamente en serio, el señor Quilp le ordenó que retirara el servicio del té y trajera el ron. Se llenó un vaso con el ron de una enorme botella forrada de madera, procedente de algún camarote, y se arrellanó en un sillón con la cabezota y la cara echadas hacia atrás y las cortas piernas plantadas sobre la mesa.


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