La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Lo mejor que tiene es —porfió el enano avanzando con una especie de saltito que, unido al torcimiento de sus piernas, la fealdad de su cara y lo ridÃculo de sus ademanes, invitaba a pensar en un duendecillo—, lo mejor que tiene es que es tan dócil, tan suave…, hasta el punto de carecer de voluntad propia, y, para coronarlo todo, tiene una madre tan persuasiva…
Tras decir estas palabras con un regodeo malicioso difÃcil de superar, el señor Quilp plantó las manos sobre sendas rodillas y, arqueando las piernas todo lo que pudo, fue bajando, bajando, bajando, hasta que, torciendo mucho la cabeza a un lado, la fijó entre los ojos de su esposa y el suelo.
—¿Señora Quilp?
—SÃ, Quilp.
—¿Resulto agradable a la vista? ¿SerÃa el individuo más hermoso del mundo si tuviera mostacho? ¿No soy un buen marido asÃ? ¿Soy un buen marido asÃ, señora Quilp?
La señora Quilp respondió sumisamente: