La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Gracias —repuso Kit—, pero se la debo entregar en mano, si no le importa.
La excesiva audacia de aquella respuesta irritó tanto al señor Chuckster, y movió hasta tal punto su elevada consideración del honor de su amigo, que declaró que, de no haberlo retenido consideraciones de Ãndole legal, ciertamente habrÃa aniquilado a Kit allà mismo; que una afrenta acompañada de circunstancias tan agravantes no podÃa por menos de ser recibida con la debida sanción y aprobación de un jurado inglés, el cual, no le cabÃa la menor duda, habrÃa emitido un veredicto de homicidio justificado al tiempo que habrÃa dejado constancia de la alta moralidad y buen carácter del vengador. El señor Swiveller, que no estaba tan acalorado como su amigo y se avergonzaba un poco de la arrebatada reacción de este, no supo qué decir (toda vez que Kit estaba completamente tranquilo y de buen humor) y sintió alivio cuando oyó de repente al caballero soltero gritar desde lo alto de las escaleras:
—¿No ha venido por casualidad alguien a verme?
—SÃ, señor —respondió Dick—. En efecto, señor.
—¿Y dónde está? —rugió el caballero soltero.
—Está aquÃ, señor —contestó el señor Swiveller—. Oye, jovencito, ¿no has oÃdo que debes subir arriba? ¿Es que estás sordo?