La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit no consideró oportuno entrar en discusiones; salió rápidamente del despacho y dejó a los Gloriosos Apolos mirándose en silencio.
—¿Qué te habÃa dicho yo? —exclamó el señor Chuckster—. ¿Qué dices de todo esto?
El señor Swiveller, del que se puede decir que tenÃa un buen natural y no percibÃa en la conducta de Kit ningún tipo de villanÃa, no supo qué respuesta darle, y se sintió aliviado al ver entrar al señor Sampson y a su hermana Sally. El señor Chuckster, por su parte, se retiró al instante.
ParecÃa como si el señor Brass y su adorable compañera hubieran estado hablando de algo importante en el transcurso de su frugal desayuno. Cuando ocurrÃan tales cosas, solÃan asomar por el despacho una media hora más tarde de lo que era habitual en ellos y con un semblante particularmente sonriente, como si lo que habÃan tramado hubiera tranquilizado su espÃritu y arrojado un rayo de luz sobre su penosa existencia. En aquella ocasión, pues, parecÃan particularmente alegres. El aspecto de la señorita Sally era untuoso, en tanto que el señor Brass se frotaba las manos de una manera jocosa y jovial.
—Bien, bien, señor Richard —empezó Brass—. ¿Qué tal estamos esta mañana? ¿Con buena disposición y buen humor, eh, señor Richard?