La tienda de antiguedades

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—Estamos estupendamente, señor —respondió Dick.

—Eso me gusta —celebró Brass—. ¡Ja, ja! Es agradable ver a la gente más alegre que unas pascuas. ¿No está de acuerdo conmigo, señor Richard? Vivimos en un mundo agradable, muy agradable, diría yo incluso. Hay gente mala también en él, señor Richard, pero, si no hubiera gente mala, tampoco habría buenos abogados. ¡Ja, ja! ¿Ha traído algo el cartero esta mañana, señor Richard?

El señor Swiveller contestó con una negativa.

—¡Ja! —se rió Brass—. No importa. Si hoy hay poco negocio, mañana habrá más. Un espíritu contento, señor Richard, hace más dulce la existencia. ¿No ha venido nadie, señor?

—Sólo mi amigo —contestó Dick—. «Que nunca nos falte…».

—«… un amigo» —metió baza Brass— «ni una botella que ofrecerle». ¡Ja, ja! Así continúa la canción, ¿no? Una canción muy bonita, señor Richard, muy bonita. Me gusta el sentimiento que rezuma. ¡Ja, ja! Su amigo es el joven del despacho de Witherden, me parece…, sí, «que nunca nos falte un…». ¿No ha venido nadie más, señor Richard?

—Ha venido alguien, pero era para el inquilino —contestó el señor Swiveller.


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