La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ah, no me diga! —exclamó Brass—. Alguien para el inquilino, ¿eh? ¡Ja, ja! «Que nunca nos falte un amigo ni una…». Asà que era para el inquilino, ¿eh, señor Richard?
—Sà —afirmó Dick un tanto extrañado del excesivo buen humor que irradiaba su patrón—. Está con él en estos momentos.
—¡Está con él en estos momentos! —exclamó Brass—. ¡Ja, ja! Pues que sean felices, tralarà tralará, ¿eh, señor Richard? ¡Ja, ja!
—Pues sà —asintió Dick.
—¿Y quién —preguntó Brass mientras revolvÃa unos papeles—, quién es el visitante del inquilino? No será una visitante, espero, ¿eh, señor Richard? La moral de Marks, ya sabe, señor… «Cuando hermosas mujeres insensatas se vuelven…», etcétera. ¿Eh, señor Richard?
—Otro joven que trabaja también para Witherden, o al menos a tiempo parcial —informó Richard—. Un tal Kit; asà lo llaman.
—Conque Kit, ¿eh? —exclamó Brass—. Extraño nombre, como el cofrecito de un maestro de danza, ¿no, señor Richard? ¡Ja, ja! Asà que Kit está ahà arriba, ¿no? Bien, bien.