La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Dick miró a la señorita Sally, preguntándose cómo es que no reprimía tan inhabitual exuberancia de parte del señor Sampson; pero como no la vio dispuesta en este sentido, sino que parecía mostrar más bien una especie de tácita aquiescencia, concluyó que los dos debían de haber estado engañando a alguien y le habían sacado bastante dinero.
—¿Tendría la bondad, señor Richard —le pidió Brass, sacando una carta de un cajón de la mesa— de llevar esto a Peckham Rye? No se necesita respuesta, pero es una carta especial que conviene entregar en mano. Dígale al cochero que se le pagará a la vuelta, ya sabe. No se gaste ni un penique de su bolsillo. Hay que gorronear todo lo que se pueda… ¿No es ese el lema del buen escribano, señor Richard? ¡Ja, ja!
El señor Swiveller se quitó con parsimonia la chaqueta de marinero, se puso el sobretodo, retiró el sombrero de la percha, se metió la carta en el bolsillo y partió. Acto seguido, la señorita Sally Brass se levantó y, sonriendo dulcemente a su hermano (que asintió con la cabeza y se pellizcó la nariz en respuesta), se retiró también.