La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En cuanto Sampson Brass se hubo quedado solo, abrió la puerta del despacho de par en par y, sentándose en la mesa mirando a la puerta, para que no se le escapara nadie que bajase en dirección a la calle, empezó a escribir con alegría y aplicación, canturreando un aire que era cualquier cosa menos musical: cierto estribillo que parecía hacer referencia a la unión entre la Iglesia y el Estado, una fusión entre el «Himno de la tarde» y «Dios salve al rey».
El abogado de Bevis Marks siguió escribiendo y canturreando durante un buen rato, salvo cuando, con cara pícara, se detenía para ver si oía algo; pero como no oía nada, siguió cantando más fuerte y escribiendo más despacio. Al final, en una de tales pausas, oyó abrirse y cerrarse la puerta de su inquilino y los pasos de alguien que bajaba las escaleras. El señor Brass dejó de escribir y, con la pluma en la mano, canturreó más fuerte, balanceando al mismo tiempo la cabeza como un hombre completamente embebido por la música y sonriendo de manera seráfica.
Al bajar, Kit se encontró con aquel espectáculo y con aquellos alegres sonidos. Cuando llegó a la puerta, el señor Brass dejó de cantar, pero no de sonreír ni de asentir obsequiosamente con la cabeza al tiempo que le hacía una señal con la pluma.