La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Kit —dijo el señor Brass con el tono de voz más agradable que imaginarse pueda—, ¿qué tal estamos?
Kit, que tendÃa a rehuir a aquel hombre, le respondió de manera educada y, cuando ya tenÃa la mano en el picaporte para irse, el señor Brass le dijo con voz suave que se acercara.
—No te vayas, Kit, por favor —le rogó el abogado con un tono de misterio y al mismo tiempo de hombre de negocios—. Acércate, por favor. ¡Vaya, vaya! Cuando te veo —formuló el abogado, levantándose del taburete y acercándose a la chimenea—, me acuerdo de la carita más dulce que jamás han contemplado mis ojos. Recuerdo también que tú fuiste allà dos o tres veces, cuando estábamos ejecutando el embargo legal. Ah, Kit, mi querido amigo, las personas de mi profesión tenemos que desempeñar a veces tareas muy dolorosas, por las que no debes envidiarnos de ningún modo.
—Desde luego que no le envidio, señor —repuso Kit—, aunque yo no soy quién para juzgar a nadie.
—Nuestro único consuelo, Kit —continuó el abogado, sumido en una suerte de abstracción meditativa—, es que, si bien no podemos desviar el curso del viento, sà podemos suavizarlo; podemos atemperarlo, por asà decir, para los corderos trasquilados.
«Y bien trasquilados —pensó Kit—. ¡Hasta la misma piel!». Pero no lo dijo.