La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando Kit acudía solo, sin el calesín, Sampson Brass se acordaba de algún recado y llamaba al señor Swiveller para que fuera, si no a Peckham Rye de nuevo, a algún lugar distante, del que no pudiera volver antes de transcurridas dos o tres horas, o probablemente un período mucho más largo, como quiera que este caballero no se caracterizaba precisamente, a decir verdad, por mostrar una especial celeridad en tales ocasiones, sino más bien por entretenerse y alargar el tiempo hasta los límites de la verosimilitud. En cuanto el señor Swiveller desaparecía de la vista, la señorita Sally se retiraba a su vez. El señor Brass dejaba entonces abierta de par en par la puerta del bufete y empezaba a canturrear viejos aires con grandes muestras de alegría mientras sonreía seráficamente. Cuando Kit bajaba por las escaleras, se le invitaba a entrar; primero se le entretenía con alguna conversación amena o de carácter moral y después se le obsequiaba con una o dos medias coronas, según los casos. Lo cual ocurrió tantas veces que Kit, convencido de que las monedas provenían del caballero soltero, que ya había recompensado a su madre con gran liberalidad, se quedaba asombrado de tanta generosidad y compraba con ellas pequeños regalos a su madre, al pequeño Jacob y al bebé, y también a Bárbara. La escena se repitió tantas veces que no pasaba día sin que cada uno de ellos recibiera alguna nueva fruslería.