La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿El barón Sampsono Brasso y su bella hermana están, me dice, en el teatro? —preguntó el señor Swiveller, dejando caer pesadamente el brazo izquierdo sobre la mesa y elevando la voz y la pierna derecha como hacen los bandidos en el teatro.
La marquesa asintió con la cabeza.
—¡Ja! —se rió el señor Swiveller, y frunció de un modo espectacular el entrecejo—. Eso está bien, marquesa. Qué nos importa. Un poco de vino aquí. ¡Viva! —como ilustración de estos fragmentos melodramáticos, levantó la jarra con especial unción, bebió con avidez y se relamió los labios con salvaje satisfacción.
La pequeña criada, que no estaba tan familiarizada con los convencionalismos teatrales del señor Swiveller (pues no había visto nunca ni oído hablar de ninguna obra, salvo casualmente a través de rendijas de puertas o en otros lugares prohibidos), se alarmó tanto con aquellas demostraciones tan noveles para ella y mostró su preocupación tan manifiestamente en sus miradas que el señor Swiveller creyó oportuno cambiar sus modales truhanescos por otros más adecuados a la vida cotidiana y preguntó:
—¿Van a menudo donde la gloria los espera, y dejan a su señoría aquí sola?