La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Y bien! —gritó Brass impaciente—. ExplÃcate, por favor.
—¡Y bien! —respondió su hermana con aire de triunfo—, ¿acaso no ha habido alguien que, las tres o cuatro últimas semanas, ha estado entrando y saliendo sin parar de este despacho? ¿Y no se ha quedado ese alguien solo aquà algunas veces…, gracias a ti? ¡Y no irás a decirme que ese alguien no es el ladrón!
—¿Qué alguien? —bramó Brass.
—¡Cómo no lo has adivinado! ¿Cómo lo llamáis? Kit.
—¿El mozo del señor Garland?
—El mismo que viste y calza.
—¡Imposible! —exclamó Brass—. ¡Imposible! No quiero ni oÃr hablar de eso —rebatió Sampson, sacudiendo la cabeza y manoteando como si estuviera quitándose diez mil telarañas—. Nunca podré creerme eso. ¡Nunca!
—Pues yo te digo —repitió la señorita Brass, tomando otra pizca de rapé— que él es el ladrón.
—Y yo te digo —replicó Sampson violentamente— que no lo es. ¿Qué quieres decir? ¿Cómo te atreves? ¡Cómo se puede calumniar a una persona semejante de esa manera! ¿No sabes que es el joven más honrado y leal que he visto en mi vida, y que goza de una fama irreprochable? ¡Adelante, adelante!