La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Estas últimas palabras no iban dirigidas a la señorita Sally, aunque se pronunciaron con el mismo tono indignado con que se habÃan pronunciado las anteriores protestas. Iban dirigidas a quien habÃa llamado a la puerta del despacho. Apenas salidas de los labios del señor Brass, hizo su entrada Kit en persona.
—Por favor, señor, ¿me puede decir si el caballero está arriba?
—SÃ, Kit —respondió Brass, aún encendido con una especie de virtuosa indignación y mirando a su hermana con el ceño fruncido—. SÃ, Kit, está arriba. Me alegro de verte, Kit. Me alegro de verte. Pásate por aquà cuando bajes luego, ¿de acuerdo, Kit? ¡Que ese joven es un ladrón! —exclamó Brass cuando ya se habÃa ido—. ¡Con este semblante tan franco, tan afable! Yo le confiarÃa cualquier tesoro que tuviera. Señor Richard, tenga la bondad de dirigirse ahora mismo a Wrasp y Cia, en Broad Street, para preguntar si han recibido la notificación para presentarse en el juicio contra Carkem y Painter. ¡Este joven un ladrón! —protestó Sampson con tono mitad airado, mitad burlón—. ¿Acaso soy ciego, sordo, tonto? ¿Acaso no sé discernir la naturaleza humana cuando la tengo delante de mÃ? ¡Kit, un ladrón! ¡Vamos, vamos!