La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit pasó del color blanco al rojo, y del rojo al blanco de nuevo, cuando se vio apresado de aquella manera y, por un momento, le entraron ganas de salir corriendo. Pero rápidamente recordó que, si ofrecÃa resistencia, podrÃan arrastrarlo del cuello por las calles; asà que se limitó a repetir, con la mayor seriedad y con lágrimas en los ojos, que se arrepentirÃan de lo que estaban haciendo y dejó que lo llevaran. Entretanto, el señor Swiveller, muy molesto con la tarea que se le habÃa encomendado, aprovechó para susurrarle a Kit que si confesaba la culpa, incluso con un simple movimiento de cabeza, y prometÃa no volver a hacerlo, él harÃa la vista gorda si le daba una patada a Sampson Brass en las espinillas y salÃa corriendo. Pero, como Kit rechazó con aire indignado dicha propuesta, al señor Richard no le quedó más que seguir sujetándolo hasta que llegaron a Bevis Marks y se presentaron ante la encantadora Sarah, la cual tomó inmediatamente la precaución de cerrar la puerta con llave.
—Ahora, ya sabes, Christopher —dijo Brass—; si se trata de un caso de inocencia, lo mejor es esclarecer cuanto antes los hechos para la plena satisfacción de todos. Por lo tanto, si consientes que se proceda a un examen —frase que ilustró arremangándose las mangas de la chaqueta—, la cosa quedará resuelta satisfactoriamente para todas las partes.