La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —SÃ, sà la tengo —contestó Kit, mirando primero a uno y luego al otro con extrema sorpresa.
—Pues resulta… no puedo creerlo —se explicó Sampson jadeando—, pero algo de valor falta en el despacho. Espero que tú no sepas qué es.
—¿Saber qué? ¡Cielo santo, señor Brass! —gritó Kit, temblando de los pies a la cabeza—. No pensará que…
—No, no —repuso Brass rápidamente—. Yo no pienso nada. Yo no he afirmado en ningún momento que hayas sido tú. Volverás tranquilamente al despacho, espero, ¿no?
—Por supuesto —respondió Kit—. ¿Por qué no?
—Por supuesto —hizo eco Brass—. ¡Por qué no! Espero que al final no haya necesidad de volver. Si supieras todo lo que he tenido que tragar esta mañana por ponerme a tu favor, Christopher, sentirÃas pena.
—Y yo estoy seguro de que usted sentirá pena por haber sospechado de mÃ, señor —respondió Kit—. Vamos. Volvamos cuanto antes.
—Ciertamente —asintió Brass—. Cuanto antes, mejor. Señor Richard, tenga la bondad de agarrarlo por ese brazo. Yo lo agarraré por este. No es fácil caminar los tres de frente, pero, dadas las circunstancias, ha de ser asÃ, señor. No queda otro remedio.