La tienda de antiguedades

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—¡Por mi honor que así ha sido, señor Richard! —contestó el abogado, palpándose todos los bolsillos con una mirada de espanto—. Me temo que tenemos que hacer frente a un asunto muy feo. Se han esfumado, en efecto, señor. ¿Qué se puede hacer?

—¡No corras detrás de él! —exclamó la señorita Sally, tomando más rapé—. ¡No corras detrás de él bajo ningún concepto! Dale tiempo para que se escabulla. Claro, ¡sería tan cruel intentar pillarlo in fraganti!

El señor Swiveller y Sampson Brass miraron con suma perplejidad a la señorita Sally, después se miraron el uno al otro e ipso facto, como movidos por un común impulso, cogieron sendos sombreros y salieron pitando a la calle; en su carrera, iban apartando a todos los viandantes como si les fuera en ello la vida.

Kit también iba corriendo, aunque no tan deprisa, llevándoles sólo unos minutos de ventaja. Pero, como ellos conocían perfectamente el camino que él siempre tomaba y no aminoraron el paso, acabaron alcanzándolo en el momento mismo en que él se había parado a descansar para ponerse de nuevo en marcha.

—¡Alto! —gritó Sampson, poniéndole la mano en un hombro mientras el señor Swiveller lo agarraba del otro—. No tan deprisa, amigo. ¿Cómo es que tienes tanta prisa?


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