La tienda de antiguedades

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La virginal hermana tomó otra pizca de rapé y se metió la tabaquera en el bolsillo sin dejar de mirar al hermanó ni perder la compostura.

—Ha cuidado del despacho de nuevo —refrendó Brass triunfalmente—. Tiene toda mi confianza, y seguirá teniéndola. Por cierto, ¿dónde está el…?

—¿Qué ha perdido? —preguntó el señor Swiveller.

—¡Cielo santo! —exclamó Brass, metiéndose las manos en los bolsillos, mirando a la mesa del despacho, por encima y por debajo, y revolviendo salvajemente todos los papeles—. ¡El billete, señor Richard, el billete de cinco libras esterlinas! ¿Qué ha sido de él? Lo dejé ahí. ¡Que Dios me bendiga!

—¿Qué? —gritó la señorita, levantándose como un resorte, agitando las manos y dejando caer los papeles al suelo—. ¿Que ha desaparecido? Y ahora, ¿quién lleva razón? Y ahora, dime: ¿quién se lo ha llevado? No importan las cinco libras, ¿qué son cinco libras? Es tan honrado…, tan absolutamente honrado. Sería de ruines sospechar de él. No corras detrás de él. No, no. ¡Por Dios!

—¿Se han esfumado de verdad? —preguntó Dick, mirando a Brass con la cara aún más pálida.


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