La tienda de antiguedades

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—Te repito, mujer rijosa y quejumbrosa —profirió Sampson con tono enfadado—, que apostaría mi vida por defender su honradez. ¿Vas a estar siempre con el mismo cantar? ¿Debo soportar verme constantemente hostigado y acosado por tus ruines sospechas? ¿No sientes consideración alguna hacia el verdadero mérito, maliciosa mujer? Pues te diré una cosa: si me apuras, yo sospecharía antes de tu honradez que de la suya.

La señorita Sally sacó la tabaquera y tomó una pizca de rapé despacio, sin dejar de mirar a su hermano.

—¡Esta mujer me saca de quicio, señor Richard! —exclamó Brass—. Me exaspera hasta límites insospechados. Estoy inflamado y excitado, señor; sé que lo estoy. Pero estos no son modales para una persona que desempeña semejante profesión. Le aseguro que me saca de quicio.

—¿Por qué no lo deja en paz? —preguntó Dick.

—No puede, señor —repuso Brass—, porque irritarme y vejarme forman parte de su naturaleza, señor, y si no lo hiciera, creo que caería enferma. Pero no se preocupe —continuó Brass—, no se preocupe. Yo me he salido con la mía. Le he demostrado al joven mi mayor confianza. He vuelto a dejarle que se ocupara del despacho. ¡Ja, ja! ¡Ah, pérfida víbora!


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