La tienda de antiguedades

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—Bien, bien —expresó Brass, volviéndose de repente hacia él y acercando la cara a la suya con una sonrisa tan repelente que Kit, pese a la inmensa gratitud que lo embargaba, se retiró sobresaltado—. Entonces, está hecho.

Kit lo miró con cierta confusión.

—Hecho, pues —agregó Sampson, frotándose las manos nuevamente con su habitual ademán untuoso—. ¡Ja, ja! Ya verás, Kit, ya verás. Pero ¡cielo santo! —expresó de repente—. ¡A qué hora se ha ido el señor Richard! ¡Qué tardón es, la verdad sea dicha! ¿Te importaría vigilar un minuto el despacho mientras yo subo? Sólo un minuto, te lo aseguro, Kit. Bajo enseguida.

Acto seguido, el señor Brass salió del despacho, y en efecto volvió al punto. El señor Swiveller volvió casi al mismo tiempo, y cuando Kit salía de la habitación a toda prisa para recuperar el tiempo perdido, la señorita Brass se tropezó con él en el umbral de la puerta.

—¡Oh! —exclamó desdeñosamente esta mientras lo veía irse—. Ahí va tu ojito derecho, Sammy, ¿no?

—¡Ah! Ahí va —repitió Brass— mi ojito derecho, si te gusta la expresión. Un chico honrado, señor Richard; un chico leal, de veras.

—¡Ejem! —tosió la señorita Brass.


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