La tienda de antiguedades

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—Quítatelo por lo menos el poco tiempo que estés —dijo Brass, quitándoselo y removiendo papeles para buscarle un sitio en la mesa—. Estaba pensando, Kit, que a menudo tenemos casas para alquilarlas a clientes nuestros, y asuntos parecidos. Ahora bien, tú sabes que estamos obligados a meter en esas casas a gente para que las vigile, y que muy a menudo esa gente no se revela digna de nuestra confianza. ¿Quién puede impedirnos tener a una persona en la que podamos confiar, con la satisfacción añadida de hacer una buena obra al mismo tiempo? Yo digo: ¿qué puede impedirnos emplear a una mujer digna como tu madre? Con un poco de trabajo, tendría alojamiento gratis todo el año, y muy bueno, además, y encima una asignación semanal. Kit, eso le supondría muchas comodidades de las que no disfruta actualmente. ¿Qué te parece? ¿Tienes alguna objeción? Mi único deseo es prestarte servicio, Kit. Así que di libremente lo que piensas al respecto.

Mientras Brass hablaba, movió el sombrero dos o tres veces y revolvió entre los papeles como en busca de algo.

—¿Cómo puedo tener alguna objeción a un ofrecimiento tan amable, señor? —respondió Kit de la manera más cordial—. No sé cómo agradecérselo, señor. De verdad que no sé cómo agradecérselo.


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